CENTRO DE ESPIRITUALIDAD SALESIANA

JUNIN DE LOS ANDES - NEUQUEN - PATAGONIA - ARGENTINA


Proyecto de Creación del Centro de Espiritualidad Salesiana.

“Junín de los Andes, un lugar de privilegio en el cual el Creador ha derrochado magníficas bellezas naturales, paisajes insospechados, el imponente Lanín, montañas y chenques, bosques y lagos cristalinos, ríos caprichosos, flores y fauna cordillerana y… gente cordial y hospitalaria”.

Scalco. Elda, C.

Turismo y valores religiosos.

El hombre tiene necesidades biológicas que cubre mediante su actividad de trabajo y conservación. Pero también tiene necesidades del espíritu que cubre de un modo particular con su actividad religiosa y moral.

Dios habla de muchas maneras: por la naturaleza, por su Pueblo, por los Profetas, a través de su Palabra, por los “signos de los tiempos”, por Jesucristo el Verbo Encarnado, por su Iglesia, por la apertura al ecumenismo y la relación con las otras religiones no cristianas. Pero esa comunicación de Dios se le percibe en el silencio fecundo y sereno de corazón. Dios, dice la Escritura Santa, se acercó a hablar al hombre en la “suave brisa de la tarde” (Gén. 3, 8). Dios habla y se escucha “en el silencio interior de uno mismo” (Mt. 6, 5 ss). No en el barullo, ni en la intrincada convergencia de una problemática compleja de trabajo, compromisos, tensiones.

Yo creo que uno de los signos negativos del progreso científico y técnico de nuestro tiempo, sumado al vertiginoso ritmo que lo dinamiza, es haber perdido el sentido de la interioridad, de la serena contemplación, de la meditación. La actitud del hombre interior, del hombre espiritual, se opone, asimismo, a esa extroversión que todo lo superficializa, lo ignora, lo termina también por evadir. Desde esta falta de interioridad surge la ausencia de un encuentro con la divinidad, con el Absoluto; de un diálogo con Dios. Sin embargo, Dios no tiene vacaciones. Por el contrario, es frecuentemente en las vacaciones del hombre, en su tiempo libre, cuando encuentra un momento propicio para la interioridad y la reflexión, cuando Dios hace percibir su voz en la conciencia del hombre. De ese hombre a quien busca permanentemente porque lo ama.

Por otra parte, el hombre moderno, aturdido por las complicaciones o por las falsas evasiones de un placer que ofusca, se siente vacío e impotente, sin respuesta ante los grandes interrogantes de la vida: el dolor, la enfermedad, la muerte (por citar algunos). Es entonces cuando tiende a la búsqueda de otra dimensión: la divina. Nostalgia del paraíso perdido, que se le sigue escapando permanentemente de las manos, cuando pareciera tenerlo en una felicidad encontrada por los caminos torcidos del vicio o por las sendas bondadosas de un placer natural y legítimo. El hombre, quiéralo o no, vive permanentemente la nostalgia de Dios. Es el grito que se sigue multiplicando en el corazón del hombre, como el que surgiera desde lo más profundo de la humanidad de San Agustín: “¡Señor! Me has creado para Ti y mi corazón no quedará tranquilo hasta que descanse en Ti”.

Frente a esta realidad óntica del hombre en su relación con el Absoluto, el turismo como tiempo del espíritu se convierte en tiempo de Dios. Es un reencuentro consigo mismo en serenidad, paz, reflexión. Es un encuentro con el prójimo en fraternidad. Es un encuentro con Dios en actitud dialogal de oración y contemplación, expresión de culto, purificación del corazón,

Es un tomar conciencia de la problemática religiosa que le plantea su relación con Dios y desde ella su relación consigo mismo, con el prójimo, con la sociedad, con el universo en el cual es actor y señor, no solitario sino comunitario.

 

 


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